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LA REGLA DEL CLUEDO
Si hay algo que siempre he admirado del genial, aunque irregular,
director norteamericano, Robert Altman, es su habilidad para partir
de argumentos y géneros convencionales para, acto seguido,
darles la vuelta y proponernos un discurso personal, cercano a
la rebeldía independiente, de la que Altman es auténtico
pionero.
En esta oportunidad, ha partido de un tradicional argumento de
intriga, que podríamos considerar como una especie de Diez
Negritos, mezclado con ingredientes de la popular serie británica
Arriba y Abajo, así como con constantes homenajes a La
Regla del Juego, de Renoir, un film tan poco conocido por el gran
público, como fundamental en la todavía joven historia
del cine. Ingredientes que Altman ha sabido combinar con maestría,
apoyado, eso sí, tanto en un notable guión, que
presta más atención al peculiar retrato de tipos
y clases sociales, que a la convencional trama detectivesca que
sirve de mera excusa al film, como en un fabuloso reparto formado,
principalmente, por intérpretes británicos (salvo
la presencia de Bob Balaban y un sorprendente Ryan Phillippe)
de primera magnitud, entre los que cabe destacar la exquisita
Helen Mirren, la cada vez más asentada Emily Watson y la
siempre soberbia Maggie Smith, heredera directa del legado de
Bette Davis, pero que el guión, sabiamente, a mi juicio,
ha querido que fuera encabezado por una jovencita casi desconocida,
la dulce Kelly Macdonald, interpretando un papel de doncella,
como eje central de la historia.
Pero si algo, en mi opinión, destaca en la película,
es el hecho de que, utilizando un deliberado tono de comedia,
aunque sin intenciones abiertamente paródicas (salvo, quizás,
en las contadas intervenciones de un despistado detective, en la onda del memorable
inspector Clouseau), Altman traza, a partir de referencias y elementos
de sobra conocidos y masticados, una implacable, sórdida
y cruel sátira de la sociedad clasista y los elementos
que la sustentan y definen. Burla de la que parecen víctimas
propiciatorias los británicos y sus absurdas normas de
cortesía, vasallaje y protocolo, pero de la que tampoco
escapan los americanos (el productor de cine permanentemente colgado
al teléfono, el joven actor haciéndose pasar por
sirviente para indagar en su papel...) y que sólo muestra
su contrapunto en la inocencia y sincero recato de la protagonista,
al final, la única que logra descifrar las claves del oscuro
secreto que guardan las paredes de la honorable mansión
de Gosford Park.
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