| Querido internauta:
Para ponerte en antecedentes por si has pinchado esta web desde fuera
(Sidney, Londres, Moscú, o cualquier otro lugar no tan famoso)
te diré que en los días 1 a 3 de Mayo se celebran unas jornadas
en esta ciudad de Gandia en solidaridad con el pueblo saharaui. El evento
se llama "Gandia Solidària", lo organiza el Ayuntamiento y consta
de charlas, conferencias, actuaciones musicales y algunas otras actividades.
En él participan varias ONGs y sobre el mismo ya han aparecido
voces críticas, al igual que apologías laudatorias. Ya estás
en situación, o sea.
Pues bien, al hilo de estos actos de "Gandia Solidària", y sin
perjuicio del análisis que haya de hacerse en su momento en trámite
de balance, se me ocurren algunas reflexiones sobre el tema a modo de
entrada o entremés del evento. Y es que el problema de la solidaridad,
en su formulación actual, viene resultando una gran mentira. Una
falacia aberrante o "postizo" donde a menudo llega a prevalecer la idea
publicitaria y publicitada por deseo coincidente de políticos,
gobiernos y mass media, (en general y salvo honrosas excepciones). Ello
no supone, ni mucho menos, negar la realidad hoy día de la pobreza,
la miseria y la desagregación social a niveles casi imposibles
de rastrear en ninguna otra época de la civilización humana.
Son abismales las diferencias entre ricos y pobres, entre los distintos
niveles de renta y de vida en un mismo Estado y entre las distintas áreas
geográficas y estados del globo. La gran mentira radica en la pretensión
del "sistema" de imputar la responsabilidad de la pobreza y la miseria
al colectivo humano en su conjunto, magnificando, además, la complejidad
de las soluciones posibles.
En este enmascaramiento de la realidad se oculta que el ciudadano ni
decide ni participa en la decisión sobre la distribución
de los presupuestos en sus distintas partidas; ni determina los ingresos
y su estructura ni tampoco, - y mucho menos -, las partidas de gastos.
Ello lo deciden libremente los gestores de la Administración; gobiernos
estatales, autonómicos y municipales; ministros, consellers y concejales.
También se oculta que el problema de la solidaridad, como el
de la gestión de los residuos de la ciudad, su urbanismo y sus
licencias de obras, en gran medida, - recalco lo de en gran medida y no
en términos absolutos para que nadie alegue lo de la falta de competencias
municipales o autonómicas -, podría y debería contemplarse
por áreas geográficas concretas y específicas de
responsabilidad administrativa concreta y específica; un Ayuntamiento
debería ser responsable, en una parte - vuelvo a repetir que no
en términos absolutos -, de la desagregación, marginalidad
y pobreza que se da en su ciudad, de sus causas y de sus efectos, actuando
para eliminar las primeras y atemperar los segundos; una Administración
autonómica debería serlo en su área y nivel y lo
mismo el Estado.
Pero la farsa adquiere toda su dimensión cuando pensamos que,
en materia de recursos económicos necesarios par solucionar el
problema, hablamos de cantidades tan ínfimas que sólo unas
décimas o tantos por cientos ridículos de los presupuestos
respectivos bastarían para solucionarlo en gran parte. Un mísero
5% de un presupuesto de ocho mil millones (400) permitiría albergar
y atender a los mendigos y marginales de una ciudad (pongamos de Gandia);
tal vez curar y resocializar a los drogadictos del tren de la metadona;
actuar políticas activas en el barrio de Santa Anna en planes plurianuales
de un poco cada año, etc. A nivel de Generalitat Valenciana, una
ínfima parte de los 8 o 9 mil millones que, por ejemplo, se dedican
cada año a enjugar las pérdidas de RTVV (Ente o complejo
administrativo de Canal 9 TV que produce obras tan excelsas como "Tómbola"
o "Calle vosté i parle vosté"), permitiría hacer
grandes cosas con los marginados. Idem tenemos con el Estado, de cuyos
presupuestos mareantes y billonarios bien podrían detraerse unas
migajas para acabar con la pobreza y la desagregación social. Y
lo mismo ocurre a nivel de organizaciones supranacionales (EU, ONU, etc.);
unas milésimas de sus presupuestos, unos segundos de su actividad,
y el problema podría resolverse. Y no hablemos ya si todas estas
administraciones y organizaciones activaran políticas coordinadas
al mismo objetivo, con planes, intervenciones en sectores, etc., atacando,
además de a sus efectos, a las causas profundas: el problema podría
resolverse de un plumazo.
Sin embargo, nadie tiene interés en éllo. Con toda naturalidad
- léase mezquindad, irracionalidad e irresponsabilidad -, los gobiernos
deciden políticas industriales y agrícolas que arrancan
cultivos, queman cosechas y limitan producciones agrícolas e industriales
en aras del arcano de una política económica inextricable
para el común de los ciudadanos, cuando en zonas del mundo se muere
diariamente por la falta de dichos productos. Como contrapartida, para
aliviar malas conciencias, se traslada al ciudadano el problema, responsabilizándolo
de esta situación y proponiéndole al tiempo una especie
de "caridad modelo siglo XX". Superado ya el del mendrugo de la Edad Media
y la sopa boba de los conventos, ahora se trata del voluntariado social
y las ONGs, a las que, por cierto, se quiere dirigir y controlar al toque
de corneta de la subvención. Así todos contentos; un Estado
fuerte, inspirado en el libérrimo liberalismo económico
que perpetúa la desagregación del tejido social y cuya actuación
irracional casi nadie cuestiona y unas ONGs caritativas que intentan arreglar
el desaguisado; las excrecencias del mejor de los sistemas posibles. Y,
en este marco ideal, aparece como colofón el rol publicitario,
y se hacen actos y campañas con montajes de fiesta y de farándula,
y el concejal de turno se pirra por el ósculo del niño desnutrido
y el otro por salir en la tele presentando el evento de su genuina cosecha,
etc.
Pues bien. Mal se aviene todo ello con una civilización inspirada
por tradición en los principios del humanismo cristiano y ordenada
política y socialmente bajo el enunciado de Estado Social y Democrático
de Derecho. Sería buena idea abordar un día de éstos
un debate sobre la solidaridad y su situación en Gandia; quizás
como en la canción... "cuando acabe la fiesta...").
Joan Martí (Gandia)
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