|
Desde siempre Hispanoamérica ha tratado de emular a España,
puede que por ser la madre patria que le dio a luz. En principio, se me
antoja una opción absolutamente descabellada pues a pesar de que
España y América son patrias hermanas, ambas tienen esencias
diferentes, unas naturalezas que no las han hecho evolucionar igual. Europa
y América se diferencian demasiado como para que Hispanoamérica
vea en España su referente en lo bueno y en lo malo.
Europa y América son, a pesar de las muchas semejanzas comunes
a todos los países de la cultura occidental, continentes sustancialmente
diferentes. En Europa los países se han configurado a través
de complejos y tortuosos procesos históricos, donde los diferentes
reinos de Taifas salidos de antiguos Imperios (como por ejemplo el de
Roma) han ido fusionándose entre ellos hasta conformar las modernas
euronaciones. En América, las fronteras de los países se
han planificado desde fuera, casi con escuadra y cartabón. Europa
es muy homogénea desde el punto de vista racial mientras que América
es un auténtico batiburrillo de individuos blancos, negros, mulatos,
mestizos, amerindios... El fenómeno de la inmigración es
muy reciente en Europa mientras que algunos países americanos como
Canadá, Estados Unidos, Chile, Argentina y Uruguay se constituyeron,
de hecho, a base de recibir inmigrantes en su seno.
Europa es una autentica cuna de etnias (latinos, anglosajones, germánicos,
escandinavos, eslavos...) mientras que América parte desde sus
inicios de un modelo latino (América Latina), de uno anglosajón
(Estados Unidos) y de uno mixto (Canadá). El Viejo Continente es
además un auténtico babel de lenguas (sólo en España
se habla más de una decena de ellas) mientras que América
sólo hay cuatro grandes lenguas (español, portugués,
inglés y francés) y una serie de idiomas (indígenas
en su mayoría como el quechua) hablados de forma residual. Los
estados americanos ?todos ellos repúblicas- suelen ser enormes
y los europeos ?bastantes de ellos monarquías- medianos o pequeños.
Ni tan siquiera en la religión coincidimos pues en América
destacan las fes católica y protestante (y la espiritista en Brasil),
mientras que en Europa tenemos muchas más, como la ortodoxa, la
anglicana, la judía o el Islam.
Después de la descolonización, muchos estados latinoamericanos
soñaban con construir naciones a la europea. El país que
detentó el primer imperio de dimensiones terráqueas de todos
los tiempos, España, era por historia y cultura el modelo a seguir.
Pero España era entonces un país decadente, una potencia
venida a menos donde reinaban las conspiraciones y las corruptelas. Y
el primer gran error de los americanos fue importar ese modelo corrupto,
fue creer que la corrupción era inherente en la sociedad y que
no afectaría demasiado a las economías de unos estados que
como Cuba, México, Venezuela, Brasil, Chile, Argentina o Uruguay
tenían un futuro muy próspero de cara. Con la bancarrota
de Argentina, el país que presumía de ser un implante de
Europa en América, se ha visto que la corrupción es capaz
de hacer que un pueblo pase de una ilusión desbordante a la total
desesperación en sólo cien años.
Después, y con el auge del pretorianismo, América Latina
fue controlada por una infinidad de dictadores fascistas, muchos de los
cuales eran admiradores declarados de un cruel asesino como el caudillo
Francisco Franco. Nuevamente España se convertía en el modelo
(erróneo) que había que seguir. Lejos de aportar una mayor
prosperidad, la ausencia de democracia sirvió para incidir en la
decadencia de una serie de naciones otrora prósperas, hasta acabar
bananizándolas casi del todo. Ahora mismo, países como Chile
o México han visto en la transición española el ejemplo
que se debe aplicar para curar las heridas y democratizar unos estados
que han salido de las dictaduras hace poco. Y eso sí que es paradójico
pues España cuenta con un modelo no exportable que es el de la
monarquía. También los líderes de Argentina, tras
la bancarrota del país, se fijan en el milagro español como
una solución para el caos.
Un fenómeno que ha cobrado gran fuerza en España en las
últimas décadas y que, debido a esa tendencia a copiarlo
todo, se podría trasladar a América, es el de los nacionalismos.
De hecho, en América ya se ve de manera incipiente, algo parecido.
Colombia es un país dividido por las guerrillas, Chiapas una región
insurgente de México, y por primera vez en la historia hay quien
habla de qué razón de ser tiene la existencia de Argentina.
Sería lamentable ver un fenómeno de balcanización
en Latinoamérica, sobre todo porque eso no resolvería nada.
No se trata de cargar contra los intereses españoles en América
como hacen muchos sectores antiespañolistas que culpan a España
de todos sus males y que nos acusan de neocolonialismo. Y más,
teniendo en cuenta lo vitales que son las inversiones extranjeras en naciones
como por ejemplo Colombia, que cuentan con una infraestructura nula.
Pero tampoco se trata de que América se fije constantemente en
España para imitarla en todo. Eso sólo conlleva ir siempre
unos veinticinco años por detrás de nuestro país.
Ni tampoco copiar a los Estados Unidos, que parten de un modelo anglosajón
ajeno a la cultura hispánica. América se hizo independiente
pues se creía con identidad propia, y por eso mismo debe partir
de sus propias soluciones, como hizo España. Latinoamérica
se compone de estados muy grandes en comparación con los europeos,
cuenta con abundosos recursos naturales, una demografía aceptable
y tiene gente culta y preparada para hacerle frente al futuro. Pero aún
es inmadura; debe reflexionar a fondo sobre los equívocos del pasado
y pensar un proyecto de futuro que no sea otra copia más. Y ahí
es donde España debe entrar a apoyarla al máximo. Pero para
eso primero se necesitan soluciones made in America, me temo.
Josue Damia Ferrer i Ortells.
jdferrer@ozu.es
|